CATEGORÍA III: CURRÍCULO Y TRANSFORMACIÓN EDUCATIVA
Por Andy Darío Villar Peñalver - Rector
Hay
preguntas que rara vez aparecen en los informes institucionales, pero que
poseen la capacidad de interpelar profundamente el sentido de la escuela. Una
de ellas podría formularse de manera sencilla: ¿Cuál es el verdadero currículo
que viven nuestros estudiantes? No el que aparece cuidadosamente organizado en
los planes de estudio, ni el que descansa en los archivos institucionales, ni
siquiera aquel que presentamos durante los procesos de evaluación externa. Me
refiero al currículo que respiran diariamente quienes habitan la escuela; el
que se manifiesta en las relaciones humanas, en los modos de ejercer la
autoridad, en las formas de reconocer o invisibilizar a las personas, en los
silencios que toleramos y en los valores que realmente orientan nuestras
decisiones.
Esta
pregunta adquiere especial relevancia para quienes ejercemos liderazgo
educativo. Con frecuencia dedicamos enormes esfuerzos a la elaboración de
documentos curriculares rigurosos, coherentes y técnicamente bien
estructurados. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a examinar si aquello que
declaramos como proyecto educativo coincide verdaderamente con la experiencia
cotidiana de estudiantes, docentes y familias. Allí emerge una tensión
fundamental: la distancia entre el currículo declarado y el currículo vivido.
Durante
décadas, la comprensión tradicional del currículo estuvo asociada
principalmente a contenidos, programas, objetivos y secuencias de aprendizaje.
Esta mirada permitió organizar los procesos educativos y otorgó estructura a la
acción pedagógica. Sin embargo, la realidad escolar ha demostrado que el
currículo trasciende ampliamente esas dimensiones formales. Como planteaba
Lawrence Stenhouse (1998), el currículo no puede reducirse a un producto
acabado, pues encuentra su verdadero significado cuando es interpretado y
desarrollado por quienes participan en la experiencia educativa.
Desde
esta perspectiva, la escuela deja de ser simplemente un lugar donde se aplican
programas académicos y se convierte en un espacio donde permanentemente se
construyen significados humanos. Existe un currículo explícito que se encuentra
escrito en los documentos institucionales y un currículo implícito que se
expresa en las prácticas cotidianas. Este último suele ser más poderoso que el
primero porque actúa directamente sobre la formación de valores, creencias e
identidades.
He
aprendido que los estudiantes rara vez recuerdan con precisión los contenidos
específicos de muchos programas académicos, pero conservan durante años el
recuerdo de cómo fueron tratados dentro de la escuela. Recuerdan al docente que
creyó en ellos cuando nadie más lo hacía. Recuerdan si fueron escuchados o
ignorados. Recuerdan si sus diferencias fueron respetadas o motivo de
exclusión. Recuerdan si la institución les permitió descubrir su dignidad y
desarrollar confianza en sus capacidades. Esas experiencias constituyen el
currículo más profundo y duradero.
Por
ello, cuando hablamos de currículo no deberíamos limitar nuestra reflexión a
los contenidos que enseñamos. También deberíamos preguntarnos qué tipo de
relaciones promovemos, qué concepción de ciudadanía estamos construyendo y qué
imagen del ser humano transmitimos mediante nuestras decisiones. Paulo Freire
(2005) insistía en que toda educación es una práctica cargada de
intencionalidad ética y política. Ninguna escuela es neutral. Cada acción
institucional comunica una determinada visión del mundo.
La
práctica pedagógica directiva ocupa un lugar estratégico dentro de esta
construcción curricular. El rector, los coordinadores y los equipos de gestión no solamente
administran planes de estudio; configuran condiciones culturales que hacen
posible determinados aprendizajes y dificultan otros. Cuando una institución
promueve espacios reales de participación, está enseñando democracia. Cuando
fomenta el diálogo como mecanismo para resolver conflictos, está educando para
la convivencia. Cuando privilegia la inclusión frente a la exclusión, está
formando ciudadanos capaces de reconocer la dignidad del otro.
Esta
comprensión amplía significativamente el sentido de la planeación
institucional. Planear no consiste únicamente en organizar actividades o
distribuir contenidos. Significa construir coherencia entre los ideales
educativos que proclamamos y las experiencias concretas que viven las personas
dentro de la escuela. Cada proyecto, cada estrategia y cada decisión deberían
responder a una pregunta esencial: ¿esta experiencia contribuye realmente a la
formación humana que decimos promover?
Del
mismo modo, el seguimiento institucional requiere superar enfoques
exclusivamente administrativos. Evaluar no es simplemente verificar el
cumplimiento de actividades. Es analizar críticamente los efectos que nuestras
acciones producen sobre las personas y sobre la cultura escolar. Gimeno
Sacristán (2010) afirmaba que el currículo adquiere sentido cuando se convierte
en experiencia vivida. Esto implica que las instituciones educativas deben
observar cuidadosamente qué experiencias están generando y qué aprendizajes
humanos emergen de ellas.
Quizás
una de las mayores contradicciones de la escuela contemporánea aparece cuando
existe una distancia significativa entre el discurso institucional y la
realidad cotidiana. Hablamos de participación mientras tomamos decisiones
unilateralmente. Defendemos la inclusión mientras mantenemos prácticas
excluyentes. Promovemos valores democráticos mientras ejercemos liderazgos
autoritarios. Estas incoherencias terminan debilitando la credibilidad
institucional y afectan profundamente la formación de los estudiantes.
Por
ello, la transformación educativa exige comprender que el currículo no habita
principalmente en los documentos, sino en las relaciones humanas. Vive en cada
conversación, en cada conflicto, en cada gesto de reconocimiento, en cada
oportunidad de aprendizaje y en cada decisión pedagógica. La calidad educativa
no depende únicamente de la excelencia técnica de los programas, sino de la
coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos.
Mirando
hacia el futuro, las escuelas necesitarán construir currículos cada vez más
humanos, más conscientes y más coherentes. Currículos capaces de articular
conocimientos con sentido ético, aprendizaje con dignidad humana y formación
académica con compromiso social. El desafío no consiste únicamente en redactar
mejores documentos, sino en convertir esos principios en experiencias reales de
convivencia, crecimiento y transformación.
Porque,
al final, la escuela será recordada menos por los textos que produjo y más por
las vidas que ayudó a transformar. El currículo más importante no siempre es el
que aparece escrito en los planes institucionales. Es aquel que se encarna en
la cultura escolar, en las relaciones humanas y en las experiencias que
acompañan a cada estudiante durante su paso por la escuela. Allí, en la escuela
que realmente vivimos, se encuentra la expresión más auténtica de nuestro
proyecto educativo y la posibilidad más profunda de transformación humana.
Referencias bibliográficas
Bolívar, A. (2010). El liderazgo educativo y su papel en la
mejora: Una revisión actual de sus posibilidades y limitaciones.
Psicoperspectivas, 9(2), 9-33.
Freire, P. (2005). Pedagogía de la autonomía: Saberes
necesarios para la práctica educativa. México: Siglo XXI Editores.
Gimeno Sacristán, J. (2010). Saberes e incertidumbres sobre el
currículo. Madrid: Morata.
Imbernón, F. (2017). Ser docente en una sociedad compleja: La
difícil tarea de enseñar. Barcelona: Graó.
Santos Guerra, M. A. (2018). La escuela que aprende. Rosario:
Homo Sapiens Ediciones.
Stenhouse, L. (1998). Investigación y desarrollo del
currículo. Madrid: Morata.
Torres Santomé, J. (2011). La justicia curricular: El caballo
de Troya de la cultura escolar. Madrid: Morata.
Vaillant, D. (2015). Liderazgo escolar, evolución de políticas
y prácticas y mejora de la calidad educativa. Madrid: Organización de Estados
Iberoamericanos.

Cordial saludo. A continuación, de manera muy modesta comparto tres breves comentarios sobre el artículo del profesor Andy Villar. 1. El autor destaca el papel formativo de las relaciones humanas en la escuela, recordando que los estudiantes suelen conservar con mayor profundidad las experiencias de reconocimiento, respeto y acompañamiento que los contenidos académicos específicos. 2. La incorporación de referentes teóricos como Stenhouse, Freire y Gimeno Sacristán fortalece la argumentación, ya que conecta la reflexión institucional con perspectivas reconocidas en el campo de la teoría curricular y la pedagogía crítica. 3. El texto constituye una invitación oportuna a repensar el currículo desde una perspectiva integral, en la que el aprendizaje académico, la convivencia, la formación ciudadana y el desarrollo de la dignidad humana se articulan como elementos inseparables del proceso educativo.
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