miércoles, 10 de junio de 2026

PENSAR LA PRÁCTICA ANTES DE REPETIR LA RUTINA

 

CATEGORÍA II: PRÁCTICA PEDAGÓGICA DIRECTIVA

Por Andy Darío Villar Peñalver - Rector

Hay una diferencia profunda entre trabajar y comprender lo que hacemos mientras trabajamos. Muchas veces la vida institucional avanza a tal velocidad que los directivos docentes terminan atrapados en una sucesión interminable de reuniones, informes, cronogramas, requerimientos administrativos y situaciones urgentes que demandan respuestas inmediatas. Sin darse cuenta, comienzan a repetir procedimientos que alguna vez tuvieron sentido, pero cuya finalidad ya no se cuestiona. La rutina se instala silenciosamente y ocupa el lugar de la reflexión. Entonces la práctica deja de ser una experiencia consciente de construcción pedagógica para convertirse en una secuencia mecánica de acciones repetidas. Es precisamente allí donde surge una pregunta fundamental para quienes ejercemos liderazgo educativo: ¿estamos dirigiendo desde la comprensión profunda de la realidad institucional o simplemente reproduciendo formas de actuar heredadas del pasado?

La práctica pedagógica directiva no puede reducirse a una agenda de actividades ni a un conjunto de responsabilidades administrativas. Dirigir una institución educativa implica interpretar continuamente una realidad compleja, dinámica y profundamente humana. Cada decisión que toma un rector o un coordinador afecta personas, relaciones, expectativas y proyectos de vida. Por ello, la práctica educativa exige ser pensada antes de ser ejecutada. Donald Schön (1998) afirmaba que el profesional reflexivo es aquel que aprende de su propia experiencia y convierte la acción cotidiana en una oportunidad permanente de conocimiento. Esta idea adquiere una enorme relevancia en el liderazgo escolar, donde las respuestas prefabricadas rara vez logran comprender la riqueza y complejidad de las situaciones reales.

Las escuelas son organismos vivos. Cambian constantemente porque cambian las personas que las habitan, los contextos sociales que las rodean y las necesidades educativas que intentan responder. Lo que funcionó ayer puede resultar insuficiente hoy. Sin embargo, muchas veces seguimos haciendo las cosas de la misma manera porque la rutina ofrece una sensación de seguridad. Repetimos reuniones porque siempre se han realizado así. Aplicamos procedimientos porque históricamente se han utilizado. Tomamos decisiones siguiendo costumbres institucionales sin detenernos a preguntarnos si continúan siendo pertinentes. Y poco a poco dejamos de pensar críticamente nuestra práctica.

Reflexionar sobre la práctica implica recuperar la capacidad de asombro frente a lo cotidiano. Significa observar la escuela con ojos nuevos. Preguntarnos por qué ciertos conflictos se repiten, por qué algunos proyectos no generan los resultados esperados o por qué determinadas estrategias fortalecen la participación mientras otras producen apatía. Philippe Perrenoud (2004) sostenía que la profesionalización docente exige desarrollar una práctica reflexiva permanente, capaz de analizar críticamente las acciones realizadas para mejorar continuamente la intervención educativa. Lo mismo ocurre con el liderazgo pedagógico. Ningún directivo puede crecer profesionalmente si deja de interrogar su propia experiencia.

He aprendido que las preguntas transforman más que las respuestas apresuradas. Cuando un rector se pregunta qué sienten realmente los docentes frente a una decisión institucional, comienza a comprender dimensiones invisibles de la organización escolar. Cuando se pregunta qué significado tiene la escuela para sus estudiantes o cómo perciben las familias el liderazgo institucional, aparecen nuevos horizontes de comprensión. Las preguntas abren caminos que la rutina suele cerrar.

La autoevaluación constituye una de las expresiones más valiosas de esta actitud reflexiva. Sin embargo, no debe entenderse como un simple requisito administrativo ni como un ejercicio orientado exclusivamente a identificar debilidades. La verdadera autoevaluación es una práctica de honestidad institucional. Es la capacidad de mirarnos críticamente para comprender quiénes somos, qué estamos logrando y qué necesitamos transformar. Una institución que reflexiona sobre sí misma desarrolla mayor conciencia de sus fortalezas y de sus desafíos. Aprende a construir procesos de mejora desde el conocimiento profundo de su propia realidad.

La reflexión también alimenta la innovación. Con frecuencia se habla de innovación educativa como si se tratara únicamente de incorporar nuevas tecnologías o metodologías novedosas. Pero toda innovación auténtica nace primero de una pregunta. Surge cuando alguien se atreve a cuestionar una práctica establecida y a imaginar posibilidades distintas. No existe transformación institucional sin reflexión previa. Como señala Antonio Bolívar (2010), los procesos de mejora escolar requieren liderazgos capaces de promover aprendizaje organizacional y revisión crítica de las prácticas existentes.

Sin embargo, pensar la práctica no significa únicamente mejorar procesos. Significa también recuperar humanidad. Las exigencias contemporáneas han convertido la gestión educativa en una actividad cada vez más compleja. Existe el riesgo de que los indicadores, los formatos y las urgencias terminen desplazando a las personas del centro de la acción educativa. La reflexión nos devuelve a lo esencial. Nos recuerda que detrás de cada decisión hay estudiantes que sueñan, docentes que esperan reconocimiento y familias que depositan confianza en la escuela.

Paulo Freire (2004) afirmaba que la educación es un acto de amor y, por ello, un acto de valentía. Pensar la práctica es también una forma de valentía. Exige detenerse, cuestionarse, reconocer errores y aceptar que siempre existe algo nuevo por aprender. Implica abandonar la comodidad de las certezas absolutas para entrar en el territorio fértil de la búsqueda permanente.

Quizá el mayor desafío de la práctica pedagógica directiva contemporánea no sea hacer más cosas, sino comprender mejor las que hacemos. No se trata de multiplicar actividades, sino de dotarlas de sentido. Porque una escuela que reflexiona sobre su práctica desarrolla capacidad de aprendizaje institucional, fortalece la innovación, mejora sus procesos de autoevaluación y construye respuestas más humanas frente a los desafíos educativos.

Por ello, mi invitación es sencilla, pero profundamente exigente: pensemos antes de repetir. Preguntemos antes de asumir. Reflexionemos antes de decidir. Solo así podremos evitar que la rutina sustituya al pensamiento y que la administración desplace a la pedagogía. Porque cuando la práctica se convierte en objeto de reflexión, la escuela deja de reproducir el pasado y comienza a construir conscientemente el futuro.

 

Referencias bibliográficas

Bolívar, A. (2010). El liderazgo educativo y su papel en la mejora de la escuela: Una revisión actual de sus posibilidades y limitaciones. Psicoperspectivas, 9(2), 9-33.

Freire, P. (2004). Pedagogía de la autonomía: Saberes necesarios para la práctica educativa. São Paulo: Paz e Terra.

Perrenoud, P. (2004). Desarrollar competencias desde la escuela. Santiago de Chile: Dolmen Ediciones.

Schön, D. A. (1998). El profesional reflexivo: Cómo piensan los profesionales cuando actúan. Barcelona: Paidós

 


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