CATEGORÍA II: PRÁCTICA PEDAGÓGICA DIRECTIVA
Por Andy Darío Villar Peñalver - Rector
Hay una diferencia profunda entre trabajar y
comprender lo que hacemos mientras trabajamos. Muchas veces la vida institucional
avanza a tal velocidad que los directivos docentes terminan atrapados en una
sucesión interminable de reuniones, informes, cronogramas, requerimientos
administrativos y situaciones urgentes que demandan respuestas inmediatas. Sin
darse cuenta, comienzan a repetir procedimientos que alguna vez tuvieron
sentido, pero cuya finalidad ya no se cuestiona. La rutina se instala
silenciosamente y ocupa el lugar de la reflexión. Entonces la práctica deja de
ser una experiencia consciente de construcción pedagógica para convertirse en
una secuencia mecánica de acciones repetidas. Es precisamente allí donde surge
una pregunta fundamental para quienes ejercemos liderazgo educativo: ¿estamos
dirigiendo desde la comprensión profunda de la realidad institucional o
simplemente reproduciendo formas de actuar heredadas del pasado?
La práctica pedagógica directiva no puede
reducirse a una agenda de actividades ni a un conjunto de responsabilidades
administrativas. Dirigir una institución educativa implica interpretar
continuamente una realidad compleja, dinámica y profundamente humana. Cada
decisión que toma un rector o un coordinador afecta personas, relaciones,
expectativas y proyectos de vida. Por ello, la práctica educativa exige ser
pensada antes de ser ejecutada. Donald Schön (1998) afirmaba que el profesional
reflexivo es aquel que aprende de su propia experiencia y convierte la acción
cotidiana en una oportunidad permanente de conocimiento. Esta idea adquiere una
enorme relevancia en el liderazgo escolar, donde las respuestas prefabricadas
rara vez logran comprender la riqueza y complejidad de las situaciones reales.
Las escuelas son organismos vivos. Cambian
constantemente porque cambian las personas que las habitan, los contextos
sociales que las rodean y las necesidades educativas que intentan responder. Lo
que funcionó ayer puede resultar insuficiente hoy. Sin embargo, muchas veces
seguimos haciendo las cosas de la misma manera porque la rutina ofrece una
sensación de seguridad. Repetimos reuniones porque siempre se han realizado
así. Aplicamos procedimientos porque históricamente se han utilizado. Tomamos
decisiones siguiendo costumbres institucionales sin detenernos a preguntarnos
si continúan siendo pertinentes. Y poco a poco dejamos de pensar críticamente
nuestra práctica.
Reflexionar sobre la práctica implica recuperar la
capacidad de asombro frente a lo cotidiano. Significa observar la escuela con
ojos nuevos. Preguntarnos por qué ciertos conflictos se repiten, por qué
algunos proyectos no generan los resultados esperados o por qué determinadas
estrategias fortalecen la participación mientras otras producen apatía.
Philippe Perrenoud (2004) sostenía que la profesionalización docente exige
desarrollar una práctica reflexiva permanente, capaz de analizar críticamente
las acciones realizadas para mejorar continuamente la intervención educativa.
Lo mismo ocurre con el liderazgo pedagógico. Ningún directivo puede crecer
profesionalmente si deja de interrogar su propia experiencia.
He aprendido que las preguntas transforman más que
las respuestas apresuradas. Cuando un rector se pregunta qué sienten realmente
los docentes frente a una decisión institucional, comienza a comprender
dimensiones invisibles de la organización escolar. Cuando se pregunta qué
significado tiene la escuela para sus estudiantes o cómo perciben las familias
el liderazgo institucional, aparecen nuevos horizontes de comprensión. Las
preguntas abren caminos que la rutina suele cerrar.
La autoevaluación constituye una de las
expresiones más valiosas de esta actitud reflexiva. Sin embargo, no debe
entenderse como un simple requisito administrativo ni como un ejercicio
orientado exclusivamente a identificar debilidades. La verdadera autoevaluación
es una práctica de honestidad institucional. Es la capacidad de mirarnos
críticamente para comprender quiénes somos, qué estamos logrando y qué
necesitamos transformar. Una institución que reflexiona sobre sí misma
desarrolla mayor conciencia de sus fortalezas y de sus desafíos. Aprende a
construir procesos de mejora desde el conocimiento profundo de su propia
realidad.
La reflexión también alimenta la innovación. Con
frecuencia se habla de innovación educativa como si se tratara únicamente de
incorporar nuevas tecnologías o metodologías novedosas. Pero toda innovación
auténtica nace primero de una pregunta. Surge cuando alguien se atreve a
cuestionar una práctica establecida y a imaginar posibilidades distintas. No
existe transformación institucional sin reflexión previa. Como señala Antonio
Bolívar (2010), los procesos de mejora escolar requieren liderazgos capaces de
promover aprendizaje organizacional y revisión crítica de las prácticas
existentes.
Sin embargo, pensar la práctica no significa
únicamente mejorar procesos. Significa también recuperar humanidad. Las
exigencias contemporáneas han convertido la gestión educativa en una actividad
cada vez más compleja. Existe el riesgo de que los indicadores, los formatos y
las urgencias terminen desplazando a las personas del centro de la acción
educativa. La reflexión nos devuelve a lo esencial. Nos recuerda que detrás de
cada decisión hay estudiantes que sueñan, docentes que esperan reconocimiento y
familias que depositan confianza en la escuela.
Paulo Freire (2004) afirmaba que la educación es
un acto de amor y, por ello, un acto de valentía. Pensar la práctica es también
una forma de valentía. Exige detenerse, cuestionarse, reconocer errores y
aceptar que siempre existe algo nuevo por aprender. Implica abandonar la
comodidad de las certezas absolutas para entrar en el territorio fértil de la
búsqueda permanente.
Quizá el mayor desafío de la práctica pedagógica
directiva contemporánea no sea hacer más cosas, sino comprender mejor las que
hacemos. No se trata de multiplicar actividades, sino de dotarlas de sentido.
Porque una escuela que reflexiona sobre su práctica desarrolla capacidad de
aprendizaje institucional, fortalece la innovación, mejora sus procesos de
autoevaluación y construye respuestas más humanas frente a los desafíos
educativos.
Por ello, mi invitación es sencilla, pero
profundamente exigente: pensemos antes de repetir. Preguntemos antes de asumir.
Reflexionemos antes de decidir. Solo así podremos evitar que la rutina
sustituya al pensamiento y que la administración desplace a la pedagogía. Porque
cuando la práctica se convierte en objeto de reflexión, la escuela deja de
reproducir el pasado y comienza a construir conscientemente el futuro.
Referencias bibliográficas
Bolívar, A. (2010). El
liderazgo educativo y su papel en la mejora de la escuela: Una revisión actual
de sus posibilidades y limitaciones. Psicoperspectivas, 9(2), 9-33.
Freire, P. (2004).
Pedagogía de la autonomía: Saberes necesarios para la práctica educativa. São
Paulo: Paz e Terra.
Perrenoud, P. (2004).
Desarrollar competencias desde la escuela. Santiago de Chile: Dolmen Ediciones.
Schön, D. A. (1998). El
profesional reflexivo: Cómo piensan los profesionales cuando actúan. Barcelona:
Paidós

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