lunes, 25 de mayo de 2026

LOS PANFLETOS EN LAS ESCUELAS: CUANDO EL MIEDO INTENTA ENTRAR AL AULA

 

 Por Andy Darío Villar Peñalver - Rector

La escuela es uno de los pocos espacios que una sociedad construye para proteger el futuro. Allí confluyen las esperanzas familiares, los proyectos colectivos, las búsquedas personales y la posibilidad concreta de que una generación aprenda a vivir con otros y a construir un sentido de existencia compartido. Por ello, cuando una amenaza se dirige contra una institución educativa, no estamos frente a un hecho aislado ni frente a un simple acto de intimidación circunstancial. Estamos frente a un fenómeno que tiene implicaciones mucho más profundas y que debe ser comprendido con responsabilidad, serenidad y visión estructural.

Los recientes panfletos intimidantes y amenazantes dirigidos a instituciones educativas del Distrito de Barranquilla han producido preocupación legítima entre estudiantes, padres de familia, docentes, directivos docentes y comunidades enteras. Pero más allá del temor inmediato que generan, considero necesario preguntarnos por las causas reales que permiten la aparición de estos fenómenos, por los factores que los originan y por las consecuencias que pueden producir si no somos capaces de comprenderlos en toda su dimensión.

Con frecuencia cometemos un error: creemos que una amenaza comienza el día en que aparece un mensaje escrito, una imagen compartida o una cadena difundida por redes sociales. Sin embargo, las amenazas casi nunca nacen allí. Los panfletos son generalmente una manifestación visible de tensiones invisibles que se han venido acumulando durante mucho tiempo.

Las instituciones educativas no existen separadas de la realidad social. La escuela es una extensión de la sociedad y, por lo tanto, las fracturas de la comunidad inevitablemente atraviesan sus puertas. Las dinámicas de violencia barrial, las dificultades económicas, las disputas territoriales, las crisis familiares, las formas de exclusión social, la pérdida de referentes éticos y el deterioro progresivo de algunos vínculos comunitarios terminan encontrando también expresión dentro del espacio escolar.

Existe además una realidad que merece ser analizada con profundidad: hoy muchos de nuestros niños y jóvenes crecen expuestos a nuevas formas de construcción simbólica de la violencia. La intimidación ya no necesita necesariamente presencia física; puede producirse desde un teléfono celular, desde una red social, desde un mensaje compartido cientos de veces o desde un rumor que adquiere vida propia. El miedo también se volvió digital. Y en ocasiones la capacidad destructiva de una imagen o de un mensaje viral puede ser superior a la de una confrontación directa.

Por ello, considero que sería una simplificación excesiva atribuir automáticamente la existencia de estos panfletos únicamente a organizaciones delincuenciales específicas, aunque evidentemente las autoridades son las responsables de determinar cualquier responsabilidad concreta. Reducir el análisis únicamente a nombres o estructuras criminales podría impedirnos observar una realidad más amplia: estamos frente a un fenómeno donde pueden confluir múltiples factores sociales, psicológicos, culturales y comunitarios.

Los orígenes reales de estas amenazas podrían encontrarse en la convergencia de diversos elementos: la búsqueda de control mediante el miedo, conflictos juveniles escalados, procesos de descomposición social, intentos de generar caos colectivo o incluso la reproducción irresponsable de imaginarios violentos por parte de algunos actores que desconocen el impacto de sus acciones.

Pero quizás la pregunta más importante no es quién escribe un panfleto. La pregunta fundamental es: ¿por qué un panfleto logra producir tanto efecto?

Y considero que la respuesta se encuentra en una realidad que nos interpela profundamente: nuestras comunidades están experimentando crecientes niveles de incertidumbre, cansancio emocional y vulnerabilidad social. Una sociedad que vive bajo tensiones permanentes se vuelve más sensible al miedo, y el miedo encuentra terreno fértil cuando la confianza comienza a debilitarse.

 Las consecuencias de este fenómeno son profundas y muchas veces silenciosas.

La primera consecuencia es la alteración del sentido mismo de la escuela. Una institución educativa no puede desarrollar plenamente su misión cuando el temor ocupa el lugar que debería pertenecer a la tranquilidad. El aprendizaje requiere confianza. Un estudiante aprende mejor cuando se siente protegido; un docente enseña mejor cuando trabaja en un entorno seguro; una familia participa mejor cuando percibe estabilidad institucional.

La segunda consecuencia es emocional. Los niños y adolescentes no procesan las amenazas del mismo modo que los adultos. Muchas veces el miedo permanece oculto, pero se expresa posteriormente mediante ansiedad, dificultades de concentración, alteraciones conductuales, inseguridades o desmotivación escolar.

La tercera consecuencia es comunitaria. El miedo comienza a fragmentar relaciones. Aparecen rumores, sospechas, acusaciones y desconfianzas. Y cuando una comunidad educativa empieza a sospechar de sí misma, comienza a debilitarse una de las estructuras más importantes para cualquier proceso formativo: la cohesión social.

Finalmente existe una consecuencia aún más delicada: cuando la violencia logra ingresar simbólicamente a la escuela, corre el riesgo de naturalizarse. Y una sociedad empieza a perder una parte de sí misma cuando comienza a considerar normal aquello que nunca debió ser aceptable.

Como educador considero que nuestra respuesta no puede limitarse únicamente a protocolos reactivos o medidas de seguridad, aunque estas son absolutamente necesarias. También debemos fortalecer procesos preventivos centrados en la formación integral, la convivencia escolar, la salud mental, la escucha activa y la reconstrucción del tejido comunitario.

Necesitamos comprender que la seguridad educativa no depende exclusivamente de cámaras, controles de acceso o presencia institucional. La verdadera seguridad educativa también se construye fortaleciendo vínculos humanos, desarrollando sentido de pertenencia y formando ciudadanos capaces de reconocer que el otro no es una amenaza sino una posibilidad de crecimiento compartido.

 Hoy más que nunca debemos proteger la escuela. Pero proteger la escuela no significa solamente custodiar edificios; significa custodiar la esperanza. Porque cuando una amenaza intenta entrar a un colegio, no amenaza únicamente unas paredes, unos pupitres o unos horarios académicos. Amenaza una posibilidad de futuro. Y ninguna sociedad puede permitirse renunciar a su futuro.

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