Por Andy Darío Villar Peñalver - Rector
La escuela es uno de los pocos espacios que una sociedad construye para proteger el futuro. Allí confluyen las esperanzas familiares, los proyectos colectivos, las búsquedas personales y la posibilidad concreta de que una generación aprenda a vivir con otros y a construir un sentido de existencia compartido. Por ello, cuando una amenaza se dirige contra una institución educativa, no estamos frente a un hecho aislado ni frente a un simple acto de intimidación circunstancial. Estamos frente a un fenómeno que tiene implicaciones mucho más profundas y que debe ser comprendido con responsabilidad, serenidad y visión estructural.
Los recientes panfletos
intimidantes y amenazantes dirigidos a instituciones educativas del Distrito de
Barranquilla han producido preocupación legítima entre estudiantes, padres de
familia, docentes, directivos docentes y comunidades enteras. Pero más allá del
temor inmediato que generan, considero necesario preguntarnos por las causas
reales que permiten la aparición de estos fenómenos, por los factores que los
originan y por las consecuencias que pueden producir si no somos capaces de
comprenderlos en toda su dimensión.
Con frecuencia cometemos
un error: creemos que una amenaza comienza el día en que aparece un mensaje
escrito, una imagen compartida o una cadena difundida por redes sociales. Sin
embargo, las amenazas casi nunca nacen allí. Los panfletos son generalmente una
manifestación visible de tensiones invisibles que se han venido acumulando
durante mucho tiempo.
Las instituciones
educativas no existen separadas de la realidad social. La escuela es una
extensión de la sociedad y, por lo tanto, las fracturas de la comunidad
inevitablemente atraviesan sus puertas. Las dinámicas de violencia barrial, las
dificultades económicas, las disputas territoriales, las crisis familiares, las
formas de exclusión social, la pérdida de referentes éticos y el deterioro
progresivo de algunos vínculos comunitarios terminan encontrando también
expresión dentro del espacio escolar.
Existe además una realidad
que merece ser analizada con profundidad: hoy muchos de nuestros niños y
jóvenes crecen expuestos a nuevas formas de construcción simbólica de la
violencia. La intimidación ya no necesita necesariamente presencia física;
puede producirse desde un teléfono celular, desde una red social, desde un
mensaje compartido cientos de veces o desde un rumor que adquiere vida propia.
El miedo también se volvió digital. Y en ocasiones la capacidad destructiva de
una imagen o de un mensaje viral puede ser superior a la de una confrontación
directa.
Por ello, considero que
sería una simplificación excesiva atribuir automáticamente la existencia de
estos panfletos únicamente a organizaciones delincuenciales específicas, aunque
evidentemente las autoridades son las responsables de determinar cualquier
responsabilidad concreta. Reducir el análisis únicamente a nombres o
estructuras criminales podría impedirnos observar una realidad más amplia:
estamos frente a un fenómeno donde pueden confluir múltiples factores sociales,
psicológicos, culturales y comunitarios.
Los orígenes reales de
estas amenazas podrían encontrarse en la convergencia de diversos elementos: la
búsqueda de control mediante el miedo, conflictos juveniles escalados, procesos
de descomposición social, intentos de generar caos colectivo o incluso la
reproducción irresponsable de imaginarios violentos por parte de algunos
actores que desconocen el impacto de sus acciones.
Pero quizás la pregunta
más importante no es quién escribe un panfleto. La pregunta fundamental es:
¿por qué un panfleto logra producir tanto efecto?
Y considero que la
respuesta se encuentra en una realidad que nos interpela profundamente:
nuestras comunidades están experimentando crecientes niveles de incertidumbre,
cansancio emocional y vulnerabilidad social. Una sociedad que vive bajo
tensiones permanentes se vuelve más sensible al miedo, y el miedo encuentra
terreno fértil cuando la confianza comienza a debilitarse.
Las consecuencias de este fenómeno son profundas y muchas veces silenciosas.
La primera consecuencia es
la alteración del sentido mismo de la escuela. Una institución educativa no
puede desarrollar plenamente su misión cuando el temor ocupa el lugar que
debería pertenecer a la tranquilidad. El aprendizaje requiere confianza. Un
estudiante aprende mejor cuando se siente protegido; un docente enseña mejor
cuando trabaja en un entorno seguro; una familia participa mejor cuando percibe
estabilidad institucional.
La segunda consecuencia es
emocional. Los niños y adolescentes no procesan las amenazas del mismo modo que
los adultos. Muchas veces el miedo permanece oculto, pero se expresa
posteriormente mediante ansiedad, dificultades de concentración, alteraciones
conductuales, inseguridades o desmotivación escolar.
La tercera consecuencia es
comunitaria. El miedo comienza a fragmentar relaciones. Aparecen rumores,
sospechas, acusaciones y desconfianzas. Y cuando una comunidad educativa
empieza a sospechar de sí misma, comienza a debilitarse una de las estructuras
más importantes para cualquier proceso formativo: la cohesión social.
Finalmente existe una
consecuencia aún más delicada: cuando la violencia logra ingresar
simbólicamente a la escuela, corre el riesgo de naturalizarse. Y una sociedad
empieza a perder una parte de sí misma cuando comienza a considerar normal
aquello que nunca debió ser aceptable.
Como educador considero
que nuestra respuesta no puede limitarse únicamente a protocolos reactivos o medidas
de seguridad, aunque estas son absolutamente necesarias. También debemos
fortalecer procesos preventivos centrados en la formación integral, la
convivencia escolar, la salud mental, la escucha activa y la reconstrucción del
tejido comunitario.
Necesitamos comprender que
la seguridad educativa no depende exclusivamente de cámaras, controles de
acceso o presencia institucional. La verdadera seguridad educativa también se
construye fortaleciendo vínculos humanos, desarrollando sentido de pertenencia
y formando ciudadanos capaces de reconocer que el otro no es una amenaza sino
una posibilidad de crecimiento compartido.
Hoy más que nunca debemos proteger la escuela. Pero proteger la escuela no significa solamente custodiar edificios; significa custodiar la esperanza. Porque cuando una amenaza intenta entrar a un colegio, no amenaza únicamente unas paredes, unos pupitres o unos horarios académicos. Amenaza una posibilidad de futuro. Y ninguna sociedad puede permitirse renunciar a su futuro.

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