domingo, 31 de mayo de 2026

¿QUÉ TIENE QUE VER EDGAR MORIN CON LA PRÁCTICA PEDAGÓGICA DIRECTIVA DE RECTORES Y COORDINADORES?

 

A propósito de su fallecimiento 

Por Andy D. Villar Peñalver, Rector en https://practicapedagogicadirectiva.blogspot.com/

 La muerte de Edgar Morin no constituye únicamente el cierre biográfico de una existencia extraordinariamente larga y fecunda. Para quienes hemos dedicado nuestra vida a la educación, representa también un momento privilegiado para detenernos, mirar hacia dentro y preguntarnos por el sentido profundo de aquello que hacemos cada día en nuestras instituciones educativas. Hay pensadores que producen teorías; hay otros que a  producen conciencia. Morin pertenece a estos últimos. Su legado no consiste solamente en una propuesta epistemológica denominada pensamiento complejo, sino en una invitación permanente a comprender la vida humana desde sus múltiples relaciones, contradicciones, incertidumbres y posibilidades.

Al conocer la noticia de su fallecimiento, no pude evitar preguntarme qué tendría que decirnos hoy a quienes ejercemos la rectoría, la coordinación académica o la coordinación de convivencia en escuelas y colegios que enfrentan diariamente problemas de aprendizaje, conflictos familiares, crisis de autoridad, transformaciones culturales aceleradas y profundas incertidumbres sociales. La respuesta comenzó a emerger lentamente: quizás Morin nos recuerda que la educación jamás ha sido un problema técnico. Siempre ha sido, ante todo, una aventura profundamente humana.

La idea central que deseo compartir es que el pensamiento complejo de Edgar Morin ofrece una de las perspectivas más lúcidas para comprender y transformar la práctica pedagógica directiva contemporánea, porque nos invita a abandonar las visiones reduccionistas de la gestión educativa y a reconocer que dirigir una institución escolar significa acompañar la complejidad de la condición humana.

Durante décadas, muchos sistemas educativos han promovido una visión fragmentada de la escuela. Los rectores administran, los coordinadores supervisan, los docentes enseñan, los orientadores atienden dificultades emocionales y los estudiantes aprenden. Sin embargo, la vida escolar real jamás funciona de manera tan ordenada. Las emociones afectan el aprendizaje. Los problemas familiares impactan la convivencia. Las decisiones administrativas modifican la cultura institucional. El liderazgo directivo influye en la motivación docente. Todo se encuentra interconectado. Precisamente por ello Morin afirmaba que “el conocimiento pertinente debe enfrentar la complejidad” (Morin, 1999).

Esta afirmación adquiere una enorme relevancia para la práctica directiva. Con frecuencia, rectores y coordinadores terminamos atrapados en formatos, indicadores, plataformas digitales, planes operativos y exigencias normativas que, aunque necesarias, pueden hacernos olvidar que detrás de cada proceso existe una persona concreta. Un estudiante no es un resultado en una prueba. Un docente no es un porcentaje de desempeño. Un padre de familia no es una estadística de asistencia. Cada uno representa una historia humana irrepetible, atravesada por alegrías, heridas, sueños y luchas silenciosas.

Quizás allí aparece la primera gran enseñanza de Morin para el liderazgo educativo: aprender a mirar integralmente. El pensamiento complejo nos invita a resistir la tentación de simplificar. Cuando un estudiante presenta bajo rendimiento, la explicación rara vez es exclusivamente académica. Cuando un docente pierde motivación, generalmente intervienen múltiples factores personales e institucionales. Cuando una comunidad educativa experimenta conflictos, las causas suelen encontrarse en una compleja red de relaciones. La función directiva consiste precisamente en desarrollar la capacidad de comprender esas conexiones invisibles.

En mi experiencia educativa he descubierto que muchas veces los mejores directivos no son quienes poseen mayores conocimientos técnicos, sino quienes desarrollan una sensibilidad especial para comprender a las personas. Morin insistía en que la educación debía enseñar la condición humana porque “todo conocimiento debe contextualizar su objeto para ser pertinente” (Morin, 2000). Desde esta perspectiva, la práctica pedagógica directiva no puede limitarse a dirigir procedimientos. Debe orientarse a comprender personas dentro de sus contextos vitales.

Esto implica reconocer que la escuela no es únicamente una organización. Es una comunidad humana. Y las comunidades humanas no se transforman mediante órdenes o reglamentos. Se transforman mediante vínculos, confianza, sentido compartido y liderazgo ético. Un rector que escucha genuinamente, un coordinador que acompaña en lugar de perseguir, un equipo directivo que inspira en lugar de controlar, generan condiciones mucho más poderosas para el aprendizaje que cualquier reforma administrativa.

Otro aspecto profundamente significativo del legado de Morin es su reflexión sobre la incertidumbre. Durante siglos, la educación buscó ofrecer certezas. Sin embargo, el mundo contemporáneo nos ha mostrado que vivimos en escenarios cada vez más impredecibles. Las tecnologías transforman las formas de aprender. Las familias cambian sus dinámicas. Las culturas juveniles evolucionan rápidamente. Las crisis económicas, sanitarias y sociales alteran permanentemente los contextos educativos, de ejemplos los panfletos amenazantes a acorres educativos.

Frente a esta realidad, Morin propone una educación capaz de preparar para navegar en la incertidumbre. Esta idea posee enormes implicaciones para rectores y coordinadores. Ya no basta con administrar estructuras heredadas. Necesitamos liderazgos flexibles, reflexivos y capaces de aprender continuamente. La autoridad educativa del siglo XXI no surge del control absoluto, sino de la capacidad para construir respuestas colectivas frente a situaciones complejas.

Quizás la enseñanza más conmovedora que nos deja Edgar Morin sea la necesidad de recuperar la humanidad en todos los procesos educativos. En un tiempo donde abundan los discursos sobre calidad, eficiencia y competitividad, él nos recordó que educar significa ayudar a los seres humanos a comprenderse a sí mismos, comprender a los otros y comprender el mundo que habitan. Esta tarea no puede realizarse desde la frialdad burocrática ni desde la indiferencia emocional.

La rectoría y la coordinación pedagógica son, en esencia, actos de cuidado humano. Cada decisión afecta vidas. Cada palabra puede abrir o cerrar posibilidades. Cada gesto de reconocimiento puede fortalecer una vocación. Cada espacio de diálogo puede reconstruir una comunidad. Por ello, el pensamiento complejo no constituye simplemente una teoría para estudiar; constituye una ética para vivir la dirección educativa.

A propósito de su fallecimiento, quizás el mejor homenaje que podemos rendir a Edgar Morin no consiste en citarlo frecuentemente ni en incorporar su nombre a nuestros discursos institucionales. El verdadero homenaje consiste en asumir su invitación a mirar más profundamente la realidad educativa, a reconocer la dignidad irreductible de cada persona y a comprender que toda práctica pedagógica auténtica comienza cuando dejamos de ver funciones y empezamos a ver seres humanos.

Si algo nos enseña su legado es que la escuela del futuro no podrá construirse desde la fragmentación. Necesitará rectores capaces de integrar, coordinadores capaces de comprender y comunidades educativas capaces de reconocerse como sistemas vivos donde cada persona influye en la totalidad. Tal vez esa sea la gran tarea que nos deja Morin: aprender a dirigir escuelas sin perder la capacidad de conmovernos ante el misterio humano que habita en cada aula.

Su voz se ha apagado, pero sus preguntas permanecen. Y quizás sean precisamente esas preguntas las que necesiten acompañar el futuro de nuestras instituciones educativas.

 

Referencias bibliográficas

Morin, E. (1999). Los siete saberes necesarios para la educación del futuro. UNESCO.

Morin, E. (2000). La mente bien ordenada: Repensar la reforma, reformar el pensamiento. Seix Barral.

Morin, E. (2004). Introducción al pensamiento complejo. Gedisa.

Morin, E. (2011). La vía para el futuro de la humanidad. Paidós.

Morin, E. (2020). Lecciones de un siglo de vida. Paidós.

Freire, P. (2012). Pedagogía de la autonomía. Siglo XXI Editores.

Maturana, H., & Dávila, X. (2015). El árbol del vivir. MVP Editores.


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