A propósito de su fallecimiento
Por Andy D. Villar Peñalver, Rector en https://practicapedagogicadirectiva.blogspot.com/
Al conocer la noticia de
su fallecimiento, no pude evitar preguntarme qué tendría que decirnos hoy a
quienes ejercemos la rectoría, la coordinación académica o la coordinación de
convivencia en escuelas y colegios que enfrentan diariamente problemas de aprendizaje,
conflictos familiares, crisis de autoridad, transformaciones culturales
aceleradas y profundas incertidumbres sociales. La respuesta comenzó a emerger
lentamente: quizás Morin nos recuerda que la educación jamás ha sido un
problema técnico. Siempre ha sido, ante todo, una aventura profundamente
humana.
La idea central que deseo
compartir es que el pensamiento complejo de Edgar Morin ofrece una de las
perspectivas más lúcidas para comprender y transformar la práctica pedagógica
directiva contemporánea, porque nos invita a abandonar las visiones
reduccionistas de la gestión educativa y a reconocer que dirigir una
institución escolar significa acompañar la complejidad de la condición humana.
Durante décadas, muchos
sistemas educativos han promovido una visión fragmentada de la escuela. Los
rectores administran, los coordinadores supervisan, los docentes enseñan, los
orientadores atienden dificultades emocionales y los estudiantes aprenden. Sin
embargo, la vida escolar real jamás funciona de manera tan ordenada. Las
emociones afectan el aprendizaje. Los problemas familiares impactan la
convivencia. Las decisiones administrativas modifican la cultura institucional.
El liderazgo directivo influye en la motivación docente. Todo se encuentra
interconectado. Precisamente por ello Morin afirmaba que “el conocimiento
pertinente debe enfrentar la complejidad” (Morin, 1999).
Esta afirmación adquiere
una enorme relevancia para la práctica directiva. Con frecuencia, rectores y
coordinadores terminamos atrapados en formatos, indicadores, plataformas
digitales, planes operativos y exigencias normativas que, aunque necesarias,
pueden hacernos olvidar que detrás de cada proceso existe una persona concreta.
Un estudiante no es un resultado en una prueba. Un docente no es un porcentaje
de desempeño. Un padre de familia no es una estadística de asistencia. Cada uno
representa una historia humana irrepetible, atravesada por alegrías, heridas,
sueños y luchas silenciosas.
Quizás allí aparece la
primera gran enseñanza de Morin para el liderazgo educativo: aprender a mirar
integralmente. El pensamiento complejo nos invita a resistir la tentación de
simplificar. Cuando un estudiante presenta bajo rendimiento, la explicación
rara vez es exclusivamente académica. Cuando un docente pierde motivación,
generalmente intervienen múltiples factores personales e institucionales.
Cuando una comunidad educativa experimenta conflictos, las causas suelen
encontrarse en una compleja red de relaciones. La función directiva consiste
precisamente en desarrollar la capacidad de comprender esas conexiones
invisibles.
En mi experiencia
educativa he descubierto que muchas veces los mejores directivos no son quienes
poseen mayores conocimientos técnicos, sino quienes desarrollan una
sensibilidad especial para comprender a las personas. Morin insistía en que la
educación debía enseñar la condición humana porque “todo conocimiento debe
contextualizar su objeto para ser pertinente” (Morin, 2000). Desde esta
perspectiva, la práctica pedagógica directiva no puede limitarse a dirigir
procedimientos. Debe orientarse a comprender personas dentro de sus contextos
vitales.
Esto implica reconocer que
la escuela no es únicamente una organización. Es una comunidad humana. Y las
comunidades humanas no se transforman mediante órdenes o reglamentos. Se
transforman mediante vínculos, confianza, sentido compartido y liderazgo ético.
Un rector que escucha genuinamente, un coordinador que acompaña en lugar de
perseguir, un equipo directivo que inspira en lugar de controlar, generan
condiciones mucho más poderosas para el aprendizaje que cualquier reforma
administrativa.
Otro aspecto profundamente
significativo del legado de Morin es su reflexión sobre la incertidumbre.
Durante siglos, la educación buscó ofrecer certezas. Sin embargo, el mundo
contemporáneo nos ha mostrado que vivimos en escenarios cada vez más
impredecibles. Las tecnologías transforman las formas de aprender. Las familias
cambian sus dinámicas. Las culturas juveniles evolucionan rápidamente. Las
crisis económicas, sanitarias y sociales alteran permanentemente los contextos
educativos, de ejemplos los panfletos amenazantes a acorres educativos.
Frente a esta realidad,
Morin propone una educación capaz de preparar para navegar en la incertidumbre.
Esta idea posee enormes implicaciones para rectores y coordinadores. Ya no
basta con administrar estructuras heredadas. Necesitamos liderazgos flexibles,
reflexivos y capaces de aprender continuamente. La autoridad educativa del
siglo XXI no surge del control absoluto, sino de la capacidad para construir
respuestas colectivas frente a situaciones complejas.
Quizás la enseñanza más
conmovedora que nos deja Edgar Morin sea la necesidad de recuperar la humanidad
en todos los procesos educativos. En un tiempo donde abundan los discursos
sobre calidad, eficiencia y competitividad, él nos recordó que educar significa
ayudar a los seres humanos a comprenderse a sí mismos, comprender a los otros y
comprender el mundo que habitan. Esta tarea no puede realizarse desde la frialdad
burocrática ni desde la indiferencia emocional.
La rectoría y la
coordinación pedagógica son, en esencia, actos de cuidado humano. Cada decisión
afecta vidas. Cada palabra puede abrir o cerrar posibilidades. Cada gesto de
reconocimiento puede fortalecer una vocación. Cada espacio de diálogo puede
reconstruir una comunidad. Por ello, el pensamiento complejo no constituye
simplemente una teoría para estudiar; constituye una ética para vivir la
dirección educativa.
A propósito de su
fallecimiento, quizás el mejor homenaje que podemos rendir a Edgar Morin no
consiste en citarlo frecuentemente ni en incorporar su nombre a nuestros
discursos institucionales. El verdadero homenaje consiste en asumir su
invitación a mirar más profundamente la realidad educativa, a reconocer la
dignidad irreductible de cada persona y a comprender que toda práctica
pedagógica auténtica comienza cuando dejamos de ver funciones y empezamos a ver
seres humanos.
Si algo nos enseña su
legado es que la escuela del futuro no podrá construirse desde la
fragmentación. Necesitará rectores capaces de integrar, coordinadores capaces
de comprender y comunidades educativas capaces de reconocerse como sistemas
vivos donde cada persona influye en la totalidad. Tal vez esa sea la gran tarea
que nos deja Morin: aprender a dirigir escuelas sin perder la capacidad de
conmovernos ante el misterio humano que habita en cada aula.
Su voz se ha apagado, pero
sus preguntas permanecen. Y quizás sean precisamente esas preguntas las que
necesiten acompañar el futuro de nuestras instituciones educativas.
Referencias bibliográficas
Morin, E. (1999). Los siete saberes necesarios
para la educación del futuro. UNESCO.
Morin, E. (2000). La mente bien ordenada: Repensar
la reforma, reformar el pensamiento. Seix Barral.
Morin, E. (2004). Introducción al pensamiento
complejo. Gedisa.
Morin, E. (2011). La vía para el futuro de la
humanidad. Paidós.
Morin, E. (2020). Lecciones de un siglo de vida.
Paidós.
Freire, P. (2012). Pedagogía de la autonomía.
Siglo XXI Editores.
Maturana, H., & Dávila, X. (2015). El árbol
del vivir. MVP Editores.

De todo mi gusto este ameno artículo profesor Andy Villar Peñalver
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