CATEGORÍA VIII: CONVIVENCIA ESCOLAR Y FORMACIÓN HUMANA
Por Andy Darío Villar Peñalver - Rector
Hablar
de convivencia escolar suele conducirnos inmediatamente a pensar en
estudiantes, normas de comportamiento, conflictos disciplinarios o estrategias
para mejorar las relaciones dentro de la escuela. Sin embargo, pocas veces nos
detenemos a examinar una realidad mucho más profunda y decisiva: la convivencia
no comienza en el aula, ni en el patio, ni en los manuales de convivencia. La
convivencia comienza mucho antes. Nace en las formas de liderazgo que se
ejercen dentro de la institución. Se construye en las maneras como los
directivos escuchan, dialogan, corrigen, reconocen, acompañan y toman decisiones.
En otras palabras, la convivencia escolar tiene su origen en la cultura
relacional que se gesta desde la dirección de la escuela. Esta afirmación puede
parecer exigente, pero resulta difícil negar que toda institución termina
pareciéndose, en gran medida, a los liderazgos que la orientan.
A
lo largo de mi experiencia como directivo docente he aprendido que las escuelas
hablan incluso cuando nadie pronuncia una palabra. Hablan a través de los
gestos, de los silencios, de las prioridades institucionales y de las formas
cotidianas de relacionarse. Los estudiantes observan cómo se comunican los
docentes entre sí. Los docentes perciben cómo son tratados por sus directivos.
Las familias interpretan el clima institucional a partir de cada encuentro con
la escuela. Todo comunica. Todo educa. Todo construye convivencia o la
debilita. Por ello, pensar la convivencia exclusivamente como un asunto
disciplinario constituye una visión limitada de una realidad mucho más compleja
y profundamente humana.
Con
frecuencia encontramos instituciones que desarrollan numerosos programas de
convivencia mientras mantienen dinámicas internas marcadas por la desconfianza,
la fragmentación o la falta de diálogo. En esos contextos aparece una
contradicción difícil de ocultar. La escuela enseña respeto, pero no siempre lo
practica entre sus actores. Promueve la participación, pero toma decisiones sin
escuchar. Habla de inclusión, pero excluye voces importantes de los procesos
institucionales. Los estudiantes perciben estas incoherencias con una
sensibilidad extraordinaria. Como señalaba Paulo Freire (2005), la educación no
ocurre únicamente a través de lo que se dice, sino también mediante lo que se
vive.
La
convivencia auténtica se construye cuando las relaciones institucionales están
atravesadas por el reconocimiento mutuo. Reconocer significa comprender que
cada persona posee dignidad, valor y capacidad para aportar a la vida
colectiva. Cuando un rector escucha genuinamente a un docente, cuando un
coordinador media un conflicto desde la comprensión y no desde la imposición,
cuando las familias encuentran espacios reales de participación, se está
educando para la convivencia mucho más eficazmente que mediante cualquier
discurso formal. La convivencia no es un contenido curricular; es una
experiencia cotidiana que se aprende viviendo.
Desde
esta perspectiva, el liderazgo directivo adquiere una dimensión ética profundamente
significativa. No basta con administrar recursos, coordinar procesos o
garantizar el cumplimiento normativo. El verdadero liderazgo escolar también
implica cuidar las relaciones humanas que sostienen la vida institucional. Como
afirma Bolívar (2010), el liderazgo pedagógico efectivo influye en la cultura
organizacional mediante la construcción de condiciones favorables para el
aprendizaje y la colaboración. Y ninguna condición resulta más importante que
la calidad de las relaciones humanas.
Pienso
que uno de los mayores desafíos para los directivos contemporáneos consiste en
comprender que la convivencia escolar no se decreta. No puede imponerse
mediante circulares, protocolos o sanciones. La convivencia se inspira, se
modela y se construye. Los estudiantes aprenden a dialogar observando cómo
dialogan los adultos. Aprenden a respetar cuando se sienten respetados.
Aprenden a participar cuando experimentan espacios auténticos de participación.
La dirección escolar se convierte así en un poderoso referente pedagógico,
incluso cuando no pretende serlo.
Esto
adquiere especial relevancia en tiempos marcados por crecientes tensiones
sociales, polarización y debilitamiento de los vínculos comunitarios. Las
escuelas reciben diariamente los impactos de estas dinámicas. Los conflictos
que atraviesan la sociedad terminan reflejándose dentro de las instituciones
educativas. Frente a esta realidad, la escuela está llamada a convertirse en un
espacio de reconstrucción del tejido humano. Pero para lograrlo necesita comenzar
por sí misma. Necesita convertirse en una comunidad donde el respeto, la
escucha y la cooperación no sean solamente ideales declarados, sino
experiencias concretas.
La
práctica pedagógica directiva encuentra aquí una de sus responsabilidades más
trascendentes. Cada decisión institucional comunica una determinada visión de
convivencia. Cada reunión, cada intervención frente a un conflicto, cada
proceso participativo y cada estrategia de comunicación contribuyen a
fortalecer o debilitar la cultura escolar. Por ello, la convivencia no puede
considerarse una tarea exclusiva de coordinadores o comités especializados. Es
una responsabilidad transversal que involucra a toda la estructura
institucional y que encuentra en el liderazgo directivo uno de sus principales
motores.
Como
señala Santos Guerra (2018), las escuelas aprenden aquello que practican de
manera cotidiana. Si desean formar ciudadanos capaces de convivir en sociedades
democráticas y diversas, deben convertirse ellas mismas en espacios donde esa
convivencia sea posible. La confianza, la solidaridad, el respeto y la
participación no se enseñan únicamente mediante contenidos; se aprenden a
través de experiencias compartidas.
Mirando
hacia el futuro, creo que las instituciones educativas necesitarán fortalecer
cada vez más esta dimensión relacional de la gestión escolar. Los avances
tecnológicos, las transformaciones culturales y los desafíos sociales seguirán
modificando profundamente la vida de las escuelas. Sin embargo, ninguna
innovación será suficiente si no logra fortalecer los vínculos humanos que
sostienen la comunidad educativa. La convivencia continuará siendo uno de los
pilares fundamentales de cualquier proyecto pedagógico verdaderamente
transformador.
Quizás
por eso resulta tan importante recordar que la convivencia escolar no comienza
cuando surge un conflicto. Comienza mucho antes, en la manera como nos
relacionamos diariamente. Comienza en la forma como ejercemos el liderazgo.
Comienza en la capacidad de reconocer al otro como un interlocutor legítimo y
valioso. Comienza, en definitiva, desde la dirección escolar. Y cuando esta
comprensión se convierte en convicción institucional, la escuela deja de ser
únicamente un lugar donde se aprende a convivir y se transforma en una
comunidad donde la convivencia se vive, se construye y se celebra cada día.
Referencias
bibliográficas
Bolívar,
A. (2010). El liderazgo educativo y su papel en la mejora de la escuela: Una
revisión actual de sus posibilidades y limitaciones. Psicoperspectivas, 9(2),
9-33.
Freire,
P. (2005). Pedagogía de la autonomía: Saberes necesarios para la práctica
educativa. México: Siglo XXI Editores.
Maturana,
H. (2002). Transformación en la convivencia. Santiago de Chile: Dolmen
Ediciones.
Santos
Guerra, M. A. (2018). La escuela que aprende. Rosario: Homo Sapiens Ediciones.
Torrego,
J. C. (2013). La convivencia escolar: El reto de construir una escuela para
todos. Madrid: Alianza Editorial.
Vaillant,
D. (2015). Liderazgo escolar, evolución de políticas y prácticas y mejora de la
calidad educativa. Madrid: Organización de Estados Iberoamericanos.
Zuluaga,
O. L. (2011). Pedagogía e historia: La historicidad de la pedagogía y la
enseñanza. Bogotá: Siglo del Hombre Editores.
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