miércoles, 26 de agosto de 2026

NO PASEMOS DE AGACHE ANTE UNA PROPUESTA QUE APUNTA A LA EDUCACIÓN OFICIAL EN SUS ESTRUCTURAS MÁS IDENTITARIAS

 

Ojo peligra la Educación Pública

Por Andy D. Villar Peñalver en https://practicapedagogicadirectiva.blogspot.com/

 

Hay momentos en los que guardar silencio deja de ser prudencia y empieza a parecer indiferencia. Este es uno de ellos. No porque debamos rechazar automáticamente toda propuesta gubernamental, ni porque defender la educación pública signifique negar sus problemas, sino porque la educación oficial merece que pensemos con rigor qué se pretende transformar, por qué se pretende transformar y qué consecuencias puede tener para la escuela, para los maestros, para las familias, para los estudiantes y para quienes tenemos la responsabilidad de dirigirla.

El proyecto de decreto sometido a consulta pública por el Ministerio de Educación Nacional propone modificar parcialmente el Decreto 1075 de 2015 en asuntos relacionados con la prestación y administración del servicio educativo por parte de las entidades territoriales certificadas. El documento, identificado en SUCOP con el número 32629, se encuentra precisamente en una etapa en la que la ciudadanía puede formular observaciones. Y esta circunstancia tiene una enorme importancia: todavía estamos ante una propuesta, no ante una norma definitiva; por eso este es el momento de leer, analizar, preguntar y participar.

Mi preocupación no consiste en afirmar, sin matices, que el proyecto significa una privatización automática de la educación pública. Esa afirmación sería excesiva. La discusión es más profunda. Lo que debemos preguntarnos es qué puede ocurrir cuando instituciones educativas oficialmente públicas puedan ser administradas, organizadas o dirigidas mediante esquemas de contratación con terceros y durante períodos prolongados. Una escuela puede continuar llamándose pública y conservar su infraestructura estatal, pero experimentar transformaciones sustanciales en su modelo de gestión, en sus relaciones laborales, en sus decisiones administrativas y, potencialmente, en las condiciones desde las cuales se desarrolla su proyecto pedagógico.

Aquí está el núcleo de mi inquietud: la escuela no es una empresa cualquiera y el rector no es simplemente un administrador de recursos. Una institución educativa es una comunidad humana. Tiene memoria, territorio, cultura, conflictos, sueños, relaciones, símbolos, maestros, estudiantes y familias. Su P.E.I. no es un documento decorativo; expresa una determinada concepción de ser humano, sociedad y educación. El rector interpreta esa realidad, acompaña docentes, escucha estudiantes, dialoga con las familias, enfrenta conflictos, orienta procesos académicos, protege derechos y construye cultura institucional. Por eso, modificar la estructura administrativa de una escuela puede tener consecuencias que van mucho más allá de lo financiero.

La Constitución Política colombiana establece en su artículo 67 que la educación es un derecho de la persona y un servicio público con función social. También atribuye al Estado responsabilidades de regulación, inspección y vigilancia, así como la obligación de garantizar calidad, cobertura, acceso y permanencia. Además, señala que la Nación y las entidades territoriales participan en la dirección, financiación y administración de los servicios educativos estatales. Esto no significa que el Estado tenga prohibido establecer mecanismos de colaboración con particulares; significa que cualquier decisión debe preservar la responsabilidad pública que constitucionalmente existe frente al derecho fundamental a la educación.

Tampoco podemos olvidar que la Ley 115 de 1994 construyó una concepción participativa de la institución educativa. La comunidad educativa está integrada por estudiantes, educadores, padres de familia, egresados, directivos docentes y administradores escolares, y su participación se relaciona con la construcción, ejecución y evaluación del Proyecto Educativo Institucional y con la buena marcha de la institución. La escuela pública, por tanto, no puede comprenderse únicamente desde quien administra un contrato: también debe comprenderse desde quienes construyen cotidianamente su vida pedagógica.

Por eso debemos mirar con especial atención qué ocurriría con el gobierno escolar, la autonomía institucional, el PEI, las decisiones pedagógicas, la participación de la comunidad y la identidad de las instituciones si determinados procesos administrativos y directivos fueran entregados a operadores externos. No afirmo que toda participación privada sea necesariamente negativa. Tampoco afirmo que toda administración estatal funcione correctamente. La pregunta verdaderamente importante es otra: cuando encontramos problemas en la educación pública, ¿la respuesta debe ser fortalecer la capacidad pública para resolverlos o transferir progresivamente funciones esenciales a terceros?

Si existen problemas de infraestructura, debemos invertir. Si faltan docentes, debemos garantizar oportunamente las plantas. Si existen debilidades administrativas, debemos cualificar la gestión. Si hay instituciones con dificultades académicas o convivenciales, debemos acompañarlas pedagógicamente. Si existen territorios con condiciones particulares, debemos construir políticas contextualizadas. La solución a las debilidades de lo público no puede consistir automáticamente en disminuir su capacidad de gobernarse y transformarse desde lo público.

También merece especial atención la dimensión laboral. De acuerdo con la información pública que ha circulado sobre la propuesta, se plantea la posibilidad de que determinados docentes, directivos docentes y administrativos vinculados a establecimientos operados por terceros tengan relaciones laborales diferentes de las existentes con las entidades territoriales. Este punto requiere una discusión seria porque una misma escuela podría terminar albergando trabajadores sometidos a regímenes jurídicos y laborales distintos.

Y aquí aparece una pregunta que parece administrativa, pero es profundamente pedagógica: ¿cómo construimos una cultura institucional común cuando quienes trabajan diariamente en una misma escuela pueden estar vinculados bajo condiciones diferentes y responder a estructuras administrativas distintas?

La experiencia internacional también aconseja prudencia. La expansión de mecanismos de participación privada y elección escolar no ha producido resultados uniformes. La OCDE ha advertido que la expansión de determinadas formas de elección puede generar procesos de segregación y desigualdad, especialmente cuando las familias tienen capacidades diferentes para elegir instituciones. Por ello, el debate no puede reducirse a una oposición simplista entre Estado y sector privado. Debemos preguntarnos siempre quién decide, con qué criterios, para quién, con qué controles y bajo qué responsabilidad pública.

Al maestro quiero hablarle directamente: no pases de agache. No rechaces ni aceptes esta propuesta porque alguien te lo ordene. Léela. Examina sus artículos. Pregunta qué cambia. Pregunta qué puede ocurrir con tu práctica pedagógica, con tu estabilidad, con la dirección escolar, con la autonomía institucional y con el futuro de tus estudiantes. Un maestro que piensa no es un trabajador incómodo: es un ciudadano responsable de la educación de su país.

A los rectores y coordinadores les digo algo más: nuestra responsabilidad no termina en administrar correctamente aquello que nos entregan. También consiste en leer críticamente las políticas que pueden transformar las condiciones en las que ejercemos el liderazgo pedagógico. La dirección escolar no puede quedar reducida a ejecutar contratos. Dirigir una escuela implica interpretar el territorio, cuidar a las personas, garantizar derechos y construir condiciones para que enseñar y aprender sea posible.

A las familias les digo: esta discusión también les pertenece. La educación de sus hijos no es asunto exclusivo de funcionarios, sindicatos, directivos o especialistas. La Constitución reconoce la responsabilidad del Estado, la sociedad y la familia en la educación. Pregunten quién administrará las escuelas, bajo qué criterios, durante cuánto tiempo, con qué controles y con qué mecanismos de participación de la comunidad.

Y a los estudiantes quiero decirles algo sencillo: la escuela también es de ustedes. No solamente porque estudian allí, sino porque forman parte de la comunidad educativa. Una educación democrática debe enseñarles también a participar, deliberar, preguntar y defender aquello que consideran justo.

Por eso esta propuesta debe ser discutida públicamente. No debemos utilizar la palabra "privatización" como una consigna vacía, pero tampoco debemos ignorar el riesgo de que determinadas formas de tercerización administrativa terminen modificando progresivamente la naturaleza de la gestión pública. La privatización no tiene que comenzar necesariamente con la venta de un edificio escolar. También puede comenzar cuando funciones esenciales de decisión, administración y dirección dejan progresivamente de estar bajo una responsabilidad pública directa. Esa posibilidad merece ser examinada con absoluta seriedad.

Mi posición no nace de la defensa ciega de un sistema que necesita transformarse. La educación pública colombiana tiene problemas profundos y necesita reformas. Pero reformar no significa renunciar; modernizar no significa entregar; mejorar no significa privatizar. El Estado debe fortalecer su capacidad para garantizar el derecho a una educación pública digna, pertinente, equitativa y de calidad.

Por eso invito al maestro, al directivo docente, al padre de familia, al estudiante, al egresado y a todos los ciudadanos preocupados por el futuro de la educación oficial a leer directamente la propuesta y participar en la consulta pública correspondiente. El proyecto está disponible en el sistema oficial SUCOP del Ministerio de Educación Nacional, identificado como ID 32629.

No comentemos desde la rabia. Comentemos desde el conocimiento. No rechacemos sin leer. No aceptemos sin comprender. No permanezcamos indiferentes. Porque una democracia educativa no se construye únicamente votando. También se construye leyendo una propuesta normativa, comprendiendo sus implicaciones, argumentando públicamente y participando antes de que una decisión se convierta en norma.

La educación pública no necesita ciudadanos obedientes frente a sus transformaciones. Necesita maestros pensantes, familias conscientes, estudiantes participativos y directivos capaces de defender pedagógicamente aquello que constituye el sentido profundo de la escuela.

No pasemos de agache. Leamos, pensemos, preguntemos, comentemos, participemos; porque después de aprobada una norma, protestar puede ser demasiado tarde.


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