CATEGORÍA II: PRÁCTICA PEDAGÓGICA DIRECTIVA
Por Andy Darío Villar Peñalver - Rector
https://practicapedagogicadirectiva.blogspot.com/
Hay aprendizajes
que llegan a través de los libros, de los cursos de formación, de las
experiencias exitosas o de los consejos de maestros admirados. Pero existen
otros aprendizajes que llegan de una forma más silenciosa, más incómoda y,
muchas veces, más transformadora: llegan a través del error. Confieso que
durante los primeros años de mi ejercicio como directivo docente creía que el
liderazgo consistía en tomar decisiones acertadas, mantener el control de las
situaciones y proyectar permanentemente seguridad ante la comunidad educativa.
Con el paso del tiempo descubrí una verdad mucho más humana y profundamente
liberadora: gran parte de lo que hoy sé sobre liderazgo, convivencia, gestión
institucional y formación humana no lo aprendí de mis aciertos, sino de mis
equivocaciones.
No resulta fácil
hablar del error en una cultura organizacional que suele premiar la eficiencia
y castigar la equivocación. En muchos contextos educativos, reconocer errores
se interpreta como debilidad, falta de preparación o pérdida de autoridad. Sin
embargo, quienes hemos recorrido durante años los caminos de la dirección
escolar sabemos que ninguna experiencia de liderazgo está exenta de
desaciertos. Equivocarse forma parte inevitable del ejercicio de tomar
decisiones en escenarios complejos donde intervienen personas, emociones,
intereses, expectativas y realidades cambiantes. El problema nunca ha sido
cometer errores; el verdadero problema aparece cuando dejamos de aprender de
ellos.
Recuerdo que en
distintos momentos de mi trayectoria institucional tomé decisiones convencido
de que estaba actuando correctamente. Algunas de ellas respondían a la urgencia
del momento, otras a interpretaciones parciales de una situación y otras,
simplemente, a la confianza excesiva en mi propia percepción de los hechos. Con
el tiempo comprendí que dirigir una institución educativa exige una dosis
permanente de humildad intelectual. Ningún rector, coordinador o directivo
posee una comprensión absoluta de la realidad. Toda decisión está condicionada
por la información disponible, por nuestras experiencias previas y por nuestras
propias limitaciones humanas.
Quizá uno de los
errores más frecuentes en el liderazgo educativo consiste en creer que escuchar
retrasa las decisiones. En determinados momentos pensé que actuar rápidamente
demostraba capacidad de liderazgo. Sin embargo, descubrí que muchas de las
dificultades institucionales que posteriormente enfrenté surgieron precisamente
porque no escuché suficientemente a quienes podían aportar perspectivas
distintas. Los docentes, los estudiantes, las familias e incluso el personal
administrativo observan dimensiones de la realidad que el directivo muchas
veces no alcanza a percibir. El error me enseñó que la escucha no debilita la
autoridad; la fortalece.
Donald Schön
(1998) afirmaba que los profesionales reflexivos aprenden constantemente de su
propia práctica. Esta idea adquiere una enorme relevancia en la gestión
educativa. Cada situación compleja, cada conflicto mal gestionado, cada
proyecto que no produjo los resultados esperados y cada decisión que generó
consecuencias imprevistas contienen información valiosa para el crecimiento
profesional. El error deja de ser fracaso cuando se convierte en objeto de
reflexión.
También aprendí
que algunos errores no producen consecuencias inmediatas, pero dejan huellas
profundas en las relaciones humanas. Una palabra pronunciada sin suficiente
sensibilidad, una decisión comunicada de manera inadecuada o una percepción
equivocada sobre una persona pueden afectar significativamente la confianza
institucional. En esos momentos comprendí que dirigir una escuela implica mucho
más que administrar procesos. Significa acompañar seres humanos. Y cuando
trabajamos con personas, las decisiones nunca son exclusivamente técnicas;
siempre poseen una dimensión ética y emocional.
Quizá una de las
lecciones más importantes que me dejó el error fue descubrir la diferencia
entre tener razón y construir comunidad. En ocasiones defendí decisiones
institucionales que normativamente podían ser correctas, pero que no lograban
generar comprensión ni sentido compartido. Con el tiempo entendí que la gestión
educativa no puede reducirse al cumplimiento de procedimientos. Como señala
Fullan (2002), el liderazgo efectivo se construye a partir de la capacidad para
movilizar personas alrededor de propósitos comunes. Ninguna transformación
institucional sostenible se logra únicamente mediante la imposición de
decisiones.
Los errores
también me enseñaron algo sobre la condición humana de quienes ejercemos
liderazgo. Durante años observé cómo muchos directivos intentaban proyectar una
imagen de infalibilidad. Yo mismo caí algunas veces en esa tentación. Pero
descubrí que las comunidades educativas no necesitan líderes perfectos;
necesitan líderes auténticos. Personas capaces de reconocer cuando se
equivocan, aprender de sus errores y reconstruir confianza mediante la coherencia
de sus acciones. Paradójicamente, algunas de las relaciones más sólidas que
logré construir surgieron después de reconocer equivocaciones y asumir
responsablemente sus consecuencias.
Desde una
perspectiva institucional, el error también constituye una oportunidad
extraordinaria para el aprendizaje organizacional. Peter Senge (2005) sostiene
que las organizaciones que aprenden son aquellas capaces de reflexionar
críticamente sobre sus experiencias y convertirlas en conocimiento colectivo.
Las escuelas no deberían limitarse a identificar problemas; deberían
preguntarse sistemáticamente qué pueden aprender de ellos. Cuando una
institución desarrolla esta cultura reflexiva, deja de buscar culpables y
comienza a construir soluciones.
En este contexto,
la autoevaluación adquiere un valor estratégico. No como requisito
administrativo ni como ejercicio de control, sino como práctica permanente de
crecimiento. Las instituciones educativas que aprenden de sus errores
fortalecen su capacidad de innovación, mejoran sus procesos de gestión y
desarrollan culturas organizacionales más abiertas al cambio. El error deja
entonces de percibirse como amenaza y se convierte en fuente de conocimiento.
Paulo Freire
(2005) recordaba que enseñar exige la disposición permanente para aprender.
Esta afirmación no se limita al trabajo docente. También interpela
profundamente a quienes ejercemos responsabilidades directivas. Liderar implica
aprender continuamente. Aprender de los éxitos, ciertamente, pero sobre todo de
aquellas experiencias que cuestionan nuestras certezas y nos obligan a revisar
nuestras prácticas.
Mirando hacia
atrás, puedo afirmar que algunos de los momentos más difíciles de mi
trayectoria profesional terminaron convirtiéndose en los más valiosos para mi
crecimiento humano. Los errores me enseñaron prudencia cuando creía tener todas
las respuestas. Me enseñaron empatía cuando juzgaba demasiado rápido. Me
enseñaron escucha cuando privilegiaba la explicación. Me enseñaron humildad
cuando confundía liderazgo con control.
Por eso hoy no
veo el error como una amenaza para la autoridad pedagógica. Lo veo como una
posibilidad de transformación. Las escuelas del futuro necesitarán directivos
capaces de construir culturas donde equivocarse no sea motivo de
estigmatización, sino oportunidad para aprender mejor. Porque una institución
que aprende de sus errores desarrolla resiliencia, fortalece sus procesos de
mejoramiento continuo y construye una inteligencia colectiva capaz de afrontar
los desafíos de manera más consciente.
Al final, quizás
el liderazgo no se mida por la ausencia de errores, sino por la capacidad de
convertir cada equivocación en una oportunidad para crecer, humanizar nuestras
prácticas y seguir construyendo escuelas más sabias, más reflexivas y
profundamente comprometidas con el aprendizaje de todos, incluidos quienes
tenemos la responsabilidad de dirigirlas.
Referencias bibliográficas
Freire, P. (2005). Pedagogía de la
autonomía: Saberes necesarios para la práctica educativa. México: Siglo XXI
Editores.
Fullan, M. (2002). Los nuevos significados
del cambio en la educación. Barcelona: Octaedro.
Schön, D. A. (1998). El profesional
reflexivo: Cómo piensan los profesionales cuando actúan. Barcelona: Paidós.
Senge, P. (2005). La quinta disciplina: El
arte y la práctica de la organización abierta al aprendizaje. Buenos Aires:
Granica.
Bolívar, A. (2010). El liderazgo educativo
y su papel en la mejora de la escuela: Una revisión actual de sus posibilidades
y limitaciones. Psicoperspectivas, 9(2), 9-33.
Santos Guerra, M. A. (2018). La escuela que
aprende. Rosario: Homo Sapiens Ediciones.
Gairín Sallán, J. (2011). Dirección y
liderazgo educativo. Madrid: Wolters Kluwer Educación.

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