viernes, 4 de septiembre de 2026

LO QUE APRENDÍ DEL ERROR COMO DIRECTIVO DOCENTE

 

CATEGORÍA II: PRÁCTICA PEDAGÓGICA DIRECTIVA

Por Andy Darío Villar Peñalver - Rector

https://practicapedagogicadirectiva.blogspot.com/

 

Hay aprendizajes que llegan a través de los libros, de los cursos de formación, de las experiencias exitosas o de los consejos de maestros admirados. Pero existen otros aprendizajes que llegan de una forma más silenciosa, más incómoda y, muchas veces, más transformadora: llegan a través del error. Confieso que durante los primeros años de mi ejercicio como directivo docente creía que el liderazgo consistía en tomar decisiones acertadas, mantener el control de las situaciones y proyectar permanentemente seguridad ante la comunidad educativa. Con el paso del tiempo descubrí una verdad mucho más humana y profundamente liberadora: gran parte de lo que hoy sé sobre liderazgo, convivencia, gestión institucional y formación humana no lo aprendí de mis aciertos, sino de mis equivocaciones.

No resulta fácil hablar del error en una cultura organizacional que suele premiar la eficiencia y castigar la equivocación. En muchos contextos educativos, reconocer errores se interpreta como debilidad, falta de preparación o pérdida de autoridad. Sin embargo, quienes hemos recorrido durante años los caminos de la dirección escolar sabemos que ninguna experiencia de liderazgo está exenta de desaciertos. Equivocarse forma parte inevitable del ejercicio de tomar decisiones en escenarios complejos donde intervienen personas, emociones, intereses, expectativas y realidades cambiantes. El problema nunca ha sido cometer errores; el verdadero problema aparece cuando dejamos de aprender de ellos.

Recuerdo que en distintos momentos de mi trayectoria institucional tomé decisiones convencido de que estaba actuando correctamente. Algunas de ellas respondían a la urgencia del momento, otras a interpretaciones parciales de una situación y otras, simplemente, a la confianza excesiva en mi propia percepción de los hechos. Con el tiempo comprendí que dirigir una institución educativa exige una dosis permanente de humildad intelectual. Ningún rector, coordinador o directivo posee una comprensión absoluta de la realidad. Toda decisión está condicionada por la información disponible, por nuestras experiencias previas y por nuestras propias limitaciones humanas.

Quizá uno de los errores más frecuentes en el liderazgo educativo consiste en creer que escuchar retrasa las decisiones. En determinados momentos pensé que actuar rápidamente demostraba capacidad de liderazgo. Sin embargo, descubrí que muchas de las dificultades institucionales que posteriormente enfrenté surgieron precisamente porque no escuché suficientemente a quienes podían aportar perspectivas distintas. Los docentes, los estudiantes, las familias e incluso el personal administrativo observan dimensiones de la realidad que el directivo muchas veces no alcanza a percibir. El error me enseñó que la escucha no debilita la autoridad; la fortalece.

Donald Schön (1998) afirmaba que los profesionales reflexivos aprenden constantemente de su propia práctica. Esta idea adquiere una enorme relevancia en la gestión educativa. Cada situación compleja, cada conflicto mal gestionado, cada proyecto que no produjo los resultados esperados y cada decisión que generó consecuencias imprevistas contienen información valiosa para el crecimiento profesional. El error deja de ser fracaso cuando se convierte en objeto de reflexión.

También aprendí que algunos errores no producen consecuencias inmediatas, pero dejan huellas profundas en las relaciones humanas. Una palabra pronunciada sin suficiente sensibilidad, una decisión comunicada de manera inadecuada o una percepción equivocada sobre una persona pueden afectar significativamente la confianza institucional. En esos momentos comprendí que dirigir una escuela implica mucho más que administrar procesos. Significa acompañar seres humanos. Y cuando trabajamos con personas, las decisiones nunca son exclusivamente técnicas; siempre poseen una dimensión ética y emocional.

Quizá una de las lecciones más importantes que me dejó el error fue descubrir la diferencia entre tener razón y construir comunidad. En ocasiones defendí decisiones institucionales que normativamente podían ser correctas, pero que no lograban generar comprensión ni sentido compartido. Con el tiempo entendí que la gestión educativa no puede reducirse al cumplimiento de procedimientos. Como señala Fullan (2002), el liderazgo efectivo se construye a partir de la capacidad para movilizar personas alrededor de propósitos comunes. Ninguna transformación institucional sostenible se logra únicamente mediante la imposición de decisiones.

Los errores también me enseñaron algo sobre la condición humana de quienes ejercemos liderazgo. Durante años observé cómo muchos directivos intentaban proyectar una imagen de infalibilidad. Yo mismo caí algunas veces en esa tentación. Pero descubrí que las comunidades educativas no necesitan líderes perfectos; necesitan líderes auténticos. Personas capaces de reconocer cuando se equivocan, aprender de sus errores y reconstruir confianza mediante la coherencia de sus acciones. Paradójicamente, algunas de las relaciones más sólidas que logré construir surgieron después de reconocer equivocaciones y asumir responsablemente sus consecuencias.

Desde una perspectiva institucional, el error también constituye una oportunidad extraordinaria para el aprendizaje organizacional. Peter Senge (2005) sostiene que las organizaciones que aprenden son aquellas capaces de reflexionar críticamente sobre sus experiencias y convertirlas en conocimiento colectivo. Las escuelas no deberían limitarse a identificar problemas; deberían preguntarse sistemáticamente qué pueden aprender de ellos. Cuando una institución desarrolla esta cultura reflexiva, deja de buscar culpables y comienza a construir soluciones.

En este contexto, la autoevaluación adquiere un valor estratégico. No como requisito administrativo ni como ejercicio de control, sino como práctica permanente de crecimiento. Las instituciones educativas que aprenden de sus errores fortalecen su capacidad de innovación, mejoran sus procesos de gestión y desarrollan culturas organizacionales más abiertas al cambio. El error deja entonces de percibirse como amenaza y se convierte en fuente de conocimiento.

Paulo Freire (2005) recordaba que enseñar exige la disposición permanente para aprender. Esta afirmación no se limita al trabajo docente. También interpela profundamente a quienes ejercemos responsabilidades directivas. Liderar implica aprender continuamente. Aprender de los éxitos, ciertamente, pero sobre todo de aquellas experiencias que cuestionan nuestras certezas y nos obligan a revisar nuestras prácticas.

Mirando hacia atrás, puedo afirmar que algunos de los momentos más difíciles de mi trayectoria profesional terminaron convirtiéndose en los más valiosos para mi crecimiento humano. Los errores me enseñaron prudencia cuando creía tener todas las respuestas. Me enseñaron empatía cuando juzgaba demasiado rápido. Me enseñaron escucha cuando privilegiaba la explicación. Me enseñaron humildad cuando confundía liderazgo con control.

Por eso hoy no veo el error como una amenaza para la autoridad pedagógica. Lo veo como una posibilidad de transformación. Las escuelas del futuro necesitarán directivos capaces de construir culturas donde equivocarse no sea motivo de estigmatización, sino oportunidad para aprender mejor. Porque una institución que aprende de sus errores desarrolla resiliencia, fortalece sus procesos de mejoramiento continuo y construye una inteligencia colectiva capaz de afrontar los desafíos de manera más consciente.

Al final, quizás el liderazgo no se mida por la ausencia de errores, sino por la capacidad de convertir cada equivocación en una oportunidad para crecer, humanizar nuestras prácticas y seguir construyendo escuelas más sabias, más reflexivas y profundamente comprometidas con el aprendizaje de todos, incluidos quienes tenemos la responsabilidad de dirigirlas.

 

Referencias bibliográficas

Freire, P. (2005). Pedagogía de la autonomía: Saberes necesarios para la práctica educativa. México: Siglo XXI Editores.

Fullan, M. (2002). Los nuevos significados del cambio en la educación. Barcelona: Octaedro.

Schön, D. A. (1998). El profesional reflexivo: Cómo piensan los profesionales cuando actúan. Barcelona: Paidós.

Senge, P. (2005). La quinta disciplina: El arte y la práctica de la organización abierta al aprendizaje. Buenos Aires: Granica.

Bolívar, A. (2010). El liderazgo educativo y su papel en la mejora de la escuela: Una revisión actual de sus posibilidades y limitaciones. Psicoperspectivas, 9(2), 9-33.

Santos Guerra, M. A. (2018). La escuela que aprende. Rosario: Homo Sapiens Ediciones.

Gairín Sallán, J. (2011). Dirección y liderazgo educativo. Madrid: Wolters Kluwer Educación.


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