viernes, 11 de septiembre de 2026

EL DOCENTE TAMBIÉN NECESITA SER ACOMPAÑADO

 

CATEGORÍA V: COMUNIDAD EDUCATIVA Y RELACIONES HUMANAS

Por Andy Darío Villar Peñalver - Rector

https://practicapedagogicadirectiva.blogspot.com/

 

Existe una imagen profundamente arraigada en la cultura escolar: la del docente como figura que acompaña, orienta, escucha, corrige, anima y sostiene los procesos de aprendizaje de sus estudiantes. Es una imagen legítima y necesaria. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a formular una pregunta igualmente importante: ¿quién acompaña al docente? ¿Quién escucha sus inquietudes, comprende sus agotamientos, reconoce sus esfuerzos silenciosos y le ayuda a crecer profesionalmente cuando enfrenta dificultades? Tal vez una de las grandes paradojas de la educación contemporánea radique precisamente en que quienes dedican su vida a acompañar a otros, con frecuencia terminan sintiéndose solos en el ejercicio de su propia práctica.

Durante muchos años, la gestión educativa concentró buena parte de sus esfuerzos en supervisar el trabajo docente, evaluar resultados y verificar el cumplimiento de responsabilidades institucionales. Estas tareas poseen importancia y forman parte de la dinámica organizacional de cualquier escuela. Sin embargo, existe una diferencia sustancial entre supervisar y acompañar. La supervisión observa; el acompañamiento comprende. La supervisión verifica; el acompañamiento fortalece. La supervisión identifica resultados; el acompañamiento se interesa por las personas que los producen. Y precisamente allí emerge una de las responsabilidades más humanas y transformadoras del liderazgo pedagógico.

La práctica docente es una de las actividades profesionales más complejas que existen. Cada día el maestro enfrenta grupos diversos, necesidades emocionales múltiples, exigencias curriculares cambiantes, presiones administrativas, conflictos de convivencia, expectativas familiares y desafíos sociales que ingresan permanentemente al aula. Además, debe hacerlo manteniendo la capacidad de motivar, enseñar, escuchar y generar oportunidades de aprendizaje significativo. A veces olvidamos que detrás del rol profesional existe una persona que también experimenta incertidumbres, cansancios, preocupaciones y momentos de vulnerabilidad.

He aprendido que muchas de las dificultades que aparecen en las instituciones educativas no se originan necesariamente en falta de compromiso docente, sino en ausencia de acompañamiento. Existen maestros extraordinariamente dedicados que, en determinados momentos de su trayectoria, necesitan orientación para enfrentar nuevos desafíos pedagógicos. Otros requieren apoyo emocional frente a situaciones particularmente difíciles. Algunos simplemente necesitan sentir que alguien reconoce el valor de su trabajo. Y otros necesitan espacios para reflexionar sobre sus prácticas sin temor a ser juzgados.

Durante años hemos insistido, con razón, en la importancia de que los docentes acompañen a sus estudiantes. Sin embargo, pocas veces hablamos con la misma fuerza sobre la necesidad de acompañar a los docentes. Esta omisión tiene consecuencias profundas. Cuando los educadores perciben que la institución solamente se acerca a ellos para señalar errores, exigir resultados o comunicar nuevas responsabilidades, el clima organizacional comienza a deteriorarse lentamente. La motivación disminuye, la confianza se debilita y la innovación pierde fuerza.

Michael Fullan (2002) sostiene que las transformaciones educativas sostenibles dependen en gran medida de la capacidad de las organizaciones para apoyar el aprendizaje continuo de sus profesionales. Esta afirmación resulta especialmente significativa para las escuelas. No es posible construir instituciones que aprenden si quienes enseñan carecen de oportunidades para seguir aprendiendo. El crecimiento profesional docente no puede depender exclusivamente del esfuerzo individual. Necesita convertirse en una responsabilidad compartida por toda la organización.

Pero el acompañamiento no se reduce a la formación técnica o disciplinar. También posee una dimensión profundamente humana. Las escuelas son comunidades de personas antes que estructuras administrativas. Y las personas necesitan sentirse valoradas, escuchadas y reconocidas. Como recuerda Paulo Freire (2005), toda práctica educativa auténtica está atravesada por relaciones humanas basadas en el respeto, el diálogo y la confianza. Este principio también debería orientar las relaciones entre directivos y docentes.

Pienso que uno de los mayores desafíos del liderazgo pedagógico contemporáneo consiste precisamente en construir culturas institucionales donde pedir ayuda no sea interpretado como signo de debilidad. Durante demasiado tiempo algunos sistemas educativos promovieron la idea de que el buen docente debía resolver por sí mismo todas las dificultades que enfrentaba. Sin embargo, la experiencia demuestra que las mejores prácticas educativas suelen surgir de procesos colaborativos donde las personas comparten inquietudes, aprendizajes y experiencias.

El acompañamiento pedagógico adquiere entonces una dimensión estratégica. No se trata de controlar lo que ocurre en el aula ni de imponer modelos únicos de enseñanza. Se trata de generar espacios de reflexión conjunta sobre la práctica. Donald Schön (1998) afirmaba que los profesionales crecen cuando desarrollan capacidad para reflexionar críticamente sobre sus propias acciones. El acompañamiento pedagógico facilita precisamente esa reflexión. Permite convertir la experiencia cotidiana en fuente permanente de aprendizaje profesional.

Sin embargo, el acompañamiento más transformador ocurre cuando el docente percibe que detrás de las orientaciones existe una genuina preocupación por su bienestar. He conocido maestros que recuperaron entusiasmo profesional simplemente porque alguien creyó en sus capacidades cuando ellos comenzaban a dudar de sí mismos. He visto cómo conversaciones sinceras, espacios de escucha y gestos de reconocimiento generan transformaciones más profundas que muchas capacitaciones formales. Porque antes de ser profesionales, los docentes son seres humanos.

La práctica pedagógica directiva encuentra aquí uno de sus campos de acción más significativos. El rector y los coordinadores poseen la posibilidad de construir culturas organizacionales basadas en la confianza y el crecimiento compartido. Cada encuentro con un docente puede convertirse en una oportunidad para fortalecer capacidades, reconocer esfuerzos y promover aprendizaje colectivo. Cuando esto ocurre, la institución deja de ser únicamente un lugar de trabajo y comienza a convertirse en una verdadera comunidad de aprendizaje.

Las escuelas del futuro necesitarán docentes cada vez más preparados para responder a contextos complejos y cambiantes. Pero también necesitarán instituciones capaces de cuidar a quienes sostienen diariamente la misión educativa. No basta con exigir innovación, compromiso o excelencia. Resulta indispensable crear condiciones para que esas cualidades puedan desarrollarse y mantenerse en el tiempo.

Mirando hacia adelante, estoy convencido de que una de las transformaciones más importantes que puede impulsar el liderazgo educativo consiste en reconocer que el acompañamiento docente no es un beneficio adicional ni una estrategia complementaria. Es una necesidad institucional y una responsabilidad ética. Porque cuando un docente crece, aprende y se siente valorado, toda la comunidad educativa se fortalece. Los estudiantes reciben mejores oportunidades de aprendizaje, la convivencia mejora y la escuela se convierte en un espacio más humano.

Quizás ha llegado el momento de recordar una verdad sencilla pero profundamente significativa: quienes dedican su vida a acompañar a otros también necesitan ser acompañados. Y cuando una institución comprende esta realidad, comienza a construir una cultura donde el crecimiento profesional y el bienestar humano dejan de ser metas separadas para convertirse en una misma experiencia educativa.

 

Referencias bibliográficas

Freire, P. (2005). Pedagogía de la autonomía: Saberes necesarios para la práctica educativa. México: Siglo XXI Editores.

Fullan, M. (2002). Los nuevos significados del cambio en la educación. Barcelona: Octaedro.

Gairín Sallán, J. (2011). Dirección y liderazgo educativo. Madrid: Wolters Kluwer Educación.

Imbernón, F. (2017). Ser docente en una sociedad compleja: La difícil tarea de enseñar. Barcelona: Graó.

Schön, D. A. (1998). El profesional reflexivo: Cómo piensan los profesionales cuando actúan. Barcelona: Paidós.

Santos Guerra, M. A. (2018). La escuela que aprende. Rosario: Homo Sapiens Ediciones.

Vaillant, D. (2015). Liderazgo escolar, evolución de políticas y prácticas y mejora de la calidad educativa. Madrid: Organización de Estados Iberoamericanos.


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